¿Quién sigue quedando fuera cuando hablamos de inclusión?
Detalle BN6
- Inicio
- ¿Quién sigue quedando fuera cuando hablamos de inclusión?
¿Quién sigue quedando fuera cuando hablamos de inclusión?
La discapacidad auditiva no es una experiencia única. Reconocer la diversidad de identidades y contextos permite comprender las distintas barreras que enfrentan las personas sordas y promover una inclusión más justa y efectiva.
Cuando pensamos en una persona sorda, ¿qué imagen viene a nuestra mente?
Tal vez imaginamos únicamente a alguien que se comunica mediante Lengua de Señas Mexicana o que utiliza un auxiliar auditivo. Sin embargo, esa imagen suele dejar fuera algo muy importante, y es que las personas sordas no son un grupo homogéneo. Al igual que cualquier otra persona, cada una tiene una historia, una identidad y un contexto que influyen en la manera en que vive y experimenta el mundo.
Una persona sorda también puede ser mujer, migrante, privada de su libertad, pertenecer a una comunidad indígena, vivir en una zona rural, formar parte de la comunidad LGBTQIA+, ser una persona mayor, un niño o una niña, o enfrentar condiciones económicas que limiten el acceso a oportunidades.
Las mujeres con discapacidad suelen enfrentar desigualdades que no pueden explicarse únicamente por el hecho de tener una discapacidad. A las barreras de comunicación pueden sumarse estereotipos de género, mayores riesgos de violencia, menor acceso a oportunidades y dificultades para ejercer plenamente sus derechos. Si además pertenecen a una comunidad indígena, las barreras lingüísticas, culturales y territoriales pueden hacer aún más complejo el acceso a la justicia, la salud o la educación. Por su parte, quienes viven en comunidades rurales suelen encontrar mayores dificultades para acceder a educación especializada, servicios de salud, intérpretes o tecnologías de apoyo. Cuando estas condiciones se combinan con una situación económica desfavorable, las posibilidades de participar en igualdad de condiciones pueden reducirse aún más.
De manera similar, las personas sordas migrantes pueden enfrentar barreras adicionales al llegar a un nuevo país o comunidad. Además de adaptarse a un contexto social y cultural diferente, pueden encontrar dificultades para acceder a información accesible, servicios públicos, atención en salud, educación o procesos administrativos cuando estos no consideran sus necesidades de comunicación. En muchos casos, la lengua de señas utilizada en el lugar de destino también es distinta, lo que puede generar nuevos retos para ejercer plenamente sus derechos y participar en la vida cotidiana.
Asimismo, las personas sordas privadas de su libertad pueden enfrentar condiciones particularmente complejas, ya que las barreras de comunicación pueden impactar directamente su acceso a información jurídica, defensa adecuada, servicios de salud y procesos de reinserción social, dependiendo de si existen o no ajustes razonables dentro de los espacios donde se encuentran.
Las personas sordas LGBTQIA+ pueden experimentar formas particulares de discriminación derivadas tanto de su orientación sexual o identidad de género como de las barreras comunicativas presentes en distintos espacios. Esto recuerda que ninguna comunidad es homogénea y que la inclusión también implica reconocer las distintas identidades que conviven dentro de ella.
La edad también transforma la experiencia de la discapacidad. En la infancia y la adolescencia, el adultocentrismo puede limitar la participación de niñas, niños y adolescentes sordos en las decisiones que afectan su vida, bajo la idea de que otras personas saben siempre qué es lo mejor para ellos. En la vejez, el edadismo puede hacer que se normalicen las dificultades auditivas, se minimicen las necesidades de comunicación o se invisibilice la participación de las personas mayores. Estas barreras pueden favorecer el aislamiento social, el cual se ha asociado con un mayor riesgo de deterioro cognitivo y con una menor calidad de vida.
Lo que todos estos ejemplos tienen en común es que nos muestran una realidad sencilla, pero fundamental y se trata de que no existe una única manera de vivir la discapacidad auditiva. ¿Qué pasa cuando estas identidades se cruzan en la experiencia cotidiana? Estas características no aparecen por separado; se entrelazan y pueden hacer que las barreras sean distintas para cada persona. A esta forma de comprender cómo se cruzan las desigualdades se le conoce como interseccionalidad. Reconocer estas realidades también implica reconocer que las políticas, los servicios y las estrategias de inclusión necesitan responder a esa diversidad y no asumir que todas las personas con discapacidad enfrentan las mismas necesidades.
Ninguno de estos ejemplos pretende clasificar a las personas ni establecer quién enfrenta más dificultades que otra. Su propósito es recordarnos que la discapacidad no ocurre en el vacío. Cuando olvidamos esa diversidad, corremos el riesgo de diseñar estrategias de inclusión que, aunque bien intencionadas, dejan fuera a quienes no encajan en la imagen que tenemos de "la persona con discapacidad". Reconocer esta diversidad no busca dividir a las personas, por el contrario, permite comprender que las barreras tampoco son iguales para todas las personas y que las respuestas inclusivas deben considerar esa diversidad de experiencias.
Quizá la pregunta no sea únicamente qué necesitan las personas sordas, sino también qué aspectos seguimos sin ver. ¿Cuántas veces pensamos en la accesibilidad sin preguntarnos quiénes podrían seguir quedando fuera? ¿Cuántas veces hablamos de inclusión imaginando que todas las personas con discapacidad viven las mismas realidades? Identificar esos puntos ciegos es un paso necesario para construir una sociedad más justa. Escuchar todas las voces implica reconocer que la discapacidad no es una experiencia única y que solo cuando somos capaces de mirar esa diversidad podemos avanzar hacia una inclusión que realmente no deje a nadie atrás.
La inclusión no comienza cuando creemos que ya conocemos todas las respuestas; comienza cuando somos capaces de reconocer que todavía existen realidades que no hemos aprendido a mirar.